La iniciativa de Ana Lucía López, ganadora del premio Mujer Cafam 2014, un hospital flotante que ha ayudado a más de 4.700 personas, está anclado en el puerto de Buenaventura y espera que por motivos económicos no se quede varado hasta hundirse, como le pasó al pequeño barco La Esperanza en 2013.
Juan Manuel Narváez nunca olvidará el primer viaje que hizo en el Barco Hospital San Raffaele. En esa brigada se hizo una parada en Corozal y Limones, dos veredas que hacen parte de la zona rural de Timbiquí y Guapi, respectivamente.
“Es el lugar más pobre que he conocido –cuenta Manuel–; en ningún otro lugar he visto tanta miseria como ahí. Yo lloré, mano, yo ahí sí lloré; ver la gente en las condiciones que vive y, aún más paradójico, darse cuenta que donde más pobreza se ve, hay más niños”.
Es un hombre trigueño, de piel marcada por el sol y el mar, su sonrisa es amplia y esperanzadora, viste el overol azul que siempre llevó la tripulación del San Raffaele. Llegó hace muchos años al puerto, se fue de Palmira para trabajar como electricista naval, la misma labor que actualmente le permite ganarse la vida, ya que el barco está anclado, lleva más de un año sin moverse, y la deuda por arrendamiento de la bodega en el muelle asciende a los $30.000.000.
Manuel se rehúsa a dejar el barco tirado porque cree en ese proyecto, y muchas veces ha sacado hasta de su bolsillo para comprar veneno o implementos que no dejen que el barco se llene de plagas o, como él dice, simplemente se muera. Desde aquel día cuando llegó a Corozal y Limones no ha dejado de tener fe; por esas cosas de la vida, haciendo uno de los trabajos adicionales en los que ayudaban casi todos los de la tripulación, tuvo la posibilidad de recibir el primer paciente del barco. Fue un niño, lo cargó en los brazos y lo trató como a un bebé.
“Cuando me dijeron que tenía como 5 años, pero por la desnutrición no se había podido desarrollar bien, no lo pude creer. Entré en ese consultorio y vi cómo su piel era lo único que forraba sus huesos. No lo pude evitar, salí del barco y me senté a llorar. Es que una cosa es contarlo, y otra, la que se ve por allá”, habla Manuel con la voz entrecortada.
Gracias al proyecto del San Raffaele, se llevó salud a más de 47.000 personas en los lugares más remotos del litoral Pacífico. Ana Lucía López, la directora y coordinadora del Barco Hospital y de la Fundación del Monte Tabor en Colombia, fue galardonada con el premio a La Mujer Cafam 2014. Un reconocimiento a un esfuerzo que empezó en 2005 con el estudio de prefactibilidad y que comenzó a ver los frutos en 2007 gracias a Diego Posso, colombiano que trabaja para la fundación en Italia. Así, en ese mismo año, la construcción del barco hospital fue aprobada y se le garantizó una cooperación económica de $4.600.000.000, que permitió la compra de un barco costero que costó $550.000.000 y su adecuación como hospital.
Fue un proceso largo y bien planificado. Durante casi cuatro años, entre el 2005 y el 2007, se recorrieron los departamentos de Nariño, Cauca, Chocó y Valle del Cauca, llevando esta misión médica –en su mayoría, con médicos italianos– a los lugares más desprotegidos, preguntando a las comunidades qué era lo que realmente necesitaban.
Estos recorridos se hicieron en un pequeño barco llamado La Esperanza, el cual se hundió en 2013 en uno de los muelles de Bahía Cúpica esperando recursos para volver a zarpar.
Según Ana Lucía, se pensó en el barco hospital porque las condiciones de los lugares exigían una infraestructura que brindara cobertura a todos los municipios que se encontraban a lo largo del océano Pacífico colombiano. “No se podía construir un hospital en cada municipio o vereda; entonces, por eso se pensó en un barco que llegara a todos los lugares”, agrega.
El barco es más grande de lo que parece, cuenta con cuatro cubiertas donde hay espacio para 33 tripulantes. Hay un comedor bastante amplio, una sala de televisión y una cocina; dormitorios para los médicos y los marineros. En la cubierta superior hay una especie de terraza para que los pasajeros del barco reciban la brisa del océano Pacífico y en la inferior están las despensas de medicamentos. Hay una cubierta donde se encuentra el hospital como tal, tiene cinco consultorios multidisciplinarios, un quirófano con última tecnología, una unidad de odontología, un consultorio de ginecología con ecógrafo, un consultorio de pediatría y un laboratorio clínico nivel 1 y 2.
No obstante, la verdadera traba siempre ha sido el dinero. Desde el 2011, cuando el aporte italiano dejó de llegar, el barco ha tenido dificultades para prestar sus servicios. Ha quedado al cuidado de Manuel y de otros dos marineros, quienes hacen lo que pueden para que la madera no se acabe de deteriorar y para que no se roben los equipos médicos.
Por otra parte, según Alonso A. Ruiz Perea, jefe del departamento de Medicina Interna de la Facultad Ciencias de la Salud de la Universidad del Cauca, la falta del pago oportuno de las EPS al San Raffaele por los servicios prestados es el principal factor. “La doctora López ha hecho toda la gestión conducente a sacar adelante el proyecto, pero pareciera no importar lo que sucede en el olvidado Pacífico colombiano”, comenta.
Ruiz Perea en sus años como decano de la Facultad de Salud de esta institución educativa fue un apoyo importante para el proyecto. Presentó un plan que se aprobó de “profesor ad-honorem”, mediante el cual los médicos que asistieran a las misiones pudiesen calificar y evaluar a los estudiantes de último año (internos) que se embarcaran.
A lo largo de casi 4 años se dieron alrededor de 20 misiones médicas, a las que asistieron internos de la universidad, así como médicos residentes (médicos graduados que están terminando su especialización) y estudiantes de último año de enfermería. Los estudiantes de enfermería iban bajo la tutoría de una enfermera profesional del barco, quien los evaluaba; de otro lado, los de medicina (internos) quedaban bajo la responsabilidad de los médicos asistenciales.
“Así, nos comprometimos con el entonces rector Danilo Vivas Ramos; se firmó el convenio, y mientras tanto el trabajo en los astilleros continuaba. El 16 de junio de 2009 el presidente Álvaro Uribe Vélez, el embajador de Colombia en Italia, el ministro de la Protección Social y demás altos dignatarios inauguraron el Barco Hospital San Raffaele en Buenaventura, con la promesa de abrir camino a la salud en el olvidado Pacífico colombiano”, recuerda el doctor Ruiz
Como todos saben, esta es una región azotada por los grupos armados; sin embargo, según cuenta Manuel, nunca hubo inconvenientes, lo único que se preguntaba era para dónde y a qué se iba. Por su parte, la Armada Nacional siempre brindó seguridad en altamar y aunque en algunos sectores se encontraron con grupos al margen de la ley jamás se presentó un enfrentamiento.
“Los problemas que frecuentaron fueron los normales de navegación. Como se viajaba por esteros, en algún momento tocó esperar hasta que la marea subiera y permitiera que un barco como este viajara por los ríos. Aunque un día llegó un muchacho muy joven sin documentos, y el cirujano no quería atenderlo porque era necesario el registro del paciente. Al final, después de estudiar la situación, se entendió que es primero la vida que los mecanismos de control que exige el Estado. Al joven se lo operó de uno de sus testículos, salvando el otro y, según el especialista, su vida”, cuenta Manuel.
Fue el único inconveniente que se presentó a bordo. Tanto las autoridades como los subversivos entendieron que el barco no le negaba el servicio a nadie y que por eso lleva un letrero aún legible y que dice “Misión Médica”.
Tanto estos personajes como algunas empresas privadas y, por supuesto, los habitantes de la región beneficiada por la labor del San Raffaele han reconocido la importancia que este ha tenido en la salud de estas comunidades del Pacífico. Por ejemplo, se conoce cómo Ecopetrol colaboró con el combustible de algunas de las brigadas, que cuesta, según Ana Lucía, alrededor de $15.000.000; también Baterías Mac ayudó en algún momento. Sin embargo, el Estado siempre ha puesto trabas respecto al apoyo económico. Dice la coordinadora del proyecto que aunque ha existido interés por parte del Ministerio de Salud, los recursos no se han podido entregar por problemas legales.
Por esta razón, todo ha sido una lucha y parece que la gente lo ha entendido y con la alegría que caracteriza a los habitantes de esta región a celebrado cada llegada y despedido con ilusión cada partida.
“Todo era muy bonito –relata Manuel–, había lugares donde nos recibían y nos despedían con música o invitaban al personal del barco a probar las comidas típicas de la región. La gente sentía un agradecimiento muy grande con el barco. El sentimiento de amor era lo más gratificante. Siempre que nos preparábamos para salir de un lugar, lo primero que preguntaban era cuándo volvíamos. Querían que nos quedáramos para siempre”.
Pero según los planes del barco, se tenía que volver al puerto de Buenaventura cada 15 días para preparar una nueva brigada hacia otro sector, ya que el objetivo del proyecto era llevar el hospital flotante y el servicio de salud a toda la región, sin importar lo que costara: $130.000.000 cada recorrido, entre el combustible, el pago a los especialistas (los médicos que fueron por parte de la Universidad del Cauca nunca cobraron), los medicamentos y los gastos esenciales de la tripulación. Del mismo modo, existió en tierra un programa de investigación que se encargó de hacer un seguimiento de los pacientes atendidos, lo que permitía una clasificación más eficiente, programando una visita al mismo lugar cada 90 días, para tener un mejor control de los enfermos.
Por todo ese esfuerzo, la ilusión aún está intacta. Hablando con los que han participado, todos esperan que el viaje que se hizo hace más de dos años hacia Pizarro no sea el último. Como en todo sueño, lo último que se puede perder es la esperanza. Esta historia lo demuestra: aquel día tan recordado por Manuel, cuando vio tan de cerca la miseria, hubo un parto a bordo. Nació una niña que en honor al barco fue bautizada Rafaela. Según este marinero, hasta el último día que la pudo ver había crecido saludable y bonita.